Experiencias que valen oro

CORAZONES DE ORO: Khuyay Wasi - CAS DE VERANO 2018

Este verano 2018 emprendí un nuevo proyecto que inicie planeando a mediados de enero, cuando decidí que la actividad que realizaría sería brindar ayuda en un albergue para perros, en el distrito de San Borja. Para esto, tuve que pasar por un largo proceso de planificación y  admisión, debido a que se debe mandar una carta previamente a la labor, la cual me demoró en sacar aproximadamente tres semanas en la municipalidad, una vez ya hecho esto, esperé hasta que el 31 de enero fue mi primera visita al hogar temporal KHUYAY WASI para perros. Aquel día me reuní con la doctora y me enseñó el albergue, además de hacerle firmar a mi papá un permiso para que yo pudiera realizar ayuda allí, aprendí la dinámica que se llevaba.

Luego de la visita de inspección, fui lista para trabajar al siguiente día y conocí algunos perros, de hecho me explicaron que al iniciar, iba a ser muy probable que los perros me ladraran porque yo era nueva en su hogar, poco a poco como iba todos los días dejaron de ladrarme.

Cada vez que iba terminaba súper cansada, hacía de todo. Recuerdo que el primer día saque a pasear un perro llamado “Cuta” y por casualidad también fue la última que pasee. Nunca olvidaré cuando junto a un amigo que también asistió al albergue sacamos a dos hermanos que posiblemente medían más de un metro de altura a un parque gigante que quedaba cerca.

Aparte de sacar a pasear a los perros, ayudé con el cuidado del albergue. En las primeras semanas saqué mala hierba del pasto, tuve que aprender a diferenciarlos porque nunca había hecho algo así. De la misma manera, aprendí a pelar troncos para que luego ellos pudieran pintarlos. Posiblemente uno de los trabajos más arduos y que realicé todos los días como mínimo media hora en el albergue era el de recoger las hojas que caían de los árboles que están en el área de recreación de los árboles, era necesario recogerlas para poder abonar y luego regar el pasto. También ayudé a pintar unos cilindros que hacían cerca de un mini-jardín casi a la entrada, y hacer una especie de surco en otro jardín para hacer otra cerca.

Definitivamente fue un trabajo muy duro, pero cada vez que salía me sentía útil, sentía que estaba sirviendo a un propósito más grande que yo misma; era muy reconfortante. Luego de las 40 horas me tuve que ir por cuestiones de tiempo, a pesar de que me había encariñado con mucho de los perros y aún quería seguir ayudando.

Estoy segurísima que si la gente supiera de este lugar y de lo hermoso que son los perros, la tasa de mascotas que son adoptadas por mes se elevaría y superaría a aquella de los que llegan al albergue. Muchos de los perros que se encuentran allí, son dóciles porque es su forma de ser con las personas, pero otros son un poco agresivos con los que aún no conocen y estoy segura que es porque en un momento de su pasado algún dueño traicionó su confianza y ahora les es difícil dar cariño; pero no es imposible que lo puedan volver a hacer. Hay un perro llamado “Calato” en el albergue, hay muchas personas que se han quedado enamoradas de él porque es un perro peruano pero se desaniman cuando ven su carácter un poco agresivo al ver a alguien que no conoce, un perro es como una persona, no puedes esperar que te quiera solo porque lo adoptas, debes ganarte su confianza y darle una oportunidad. “Calato” me lo demostró.

¿Qué fue lo que aprendí mientras estaba allí?

Durante el poco tiempo que estuve ahí, aprendí el valor que tienen las mascotas al lado el hombre, porque me contaban muchas historias de perros que fueron abandonados por sus antiguos dueños en cajas o que no fueron bien cuidados luego de haber sido “rescatados” del albergue así que tuvieron que haber sido devueltos. Durante dos semanas vi a esos perros todos los días y es increíble cómo han pasado por tanto cada uno de los más de 30 perros que hay. Me explicaron que ellos no necesitaban que adoptaran a los perros, de hecho creen que está en sus posibilidades seguir atendiendo más perros; KHUYAY WASI no necesita pero quiere que los adopten, porque consideran que cada uno de esos animalitos necesita una familia a la cual pertenecer.

¿Hasta qué punto lo que aprendí en el albergue tuvo repercusiones en  mi vida?

Les seré sincera y les contaré que yo también tengo un perrito, se llama "Torito". Justamente este verano mi mamá viajó, ella era la que tomaba la responsabilidad por sus cuidados generalmente; pero al irse durante gran parte del verano, muchos de los miembros de la familia dejamos de prestarle atención. Al llegar al albergue y luego de escuchar todo lo que me contaban me di cuenta de lo que estaba sucediendo en mi casa y tomé acción. Posiblemente el hecho de que empecé a cuidar a la mascota de la que en un inicio me hice responsable no pueda cambiar EL mundo, pero puede cambiar SU mundo.

EVIDENCIAS:

Paseando a "Ramona", un perro del albergue.

Pintando la mini-cerca a la entrada del albergue.

Recogiendo las hojas que caen a diario en el espacio recreativo de los perros.

El certificado que me dio el hogar temporal luego de haber servido por 40 horas.

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